Signos de pregunta. En todas las esquinas hay uno. Doblo, intento confundir al maldito que me los pone en el camino, me meto por un pasaje lo bastante angosto para que se quede trabado y reirme de él pero es inútil. Cuando después de varias cuadras de correr, finalmente logro evadirlo desde una alcantarilla salen otros cuatro. Los hijos de puta juntitos vienen hacia mí. Corro pero me alcanzan (son chiquitos y corren rápido). Sin importar su tamaño, estos signos de pregunta tienen un segundo efecto (además del de interrogación): dan hambre, hambre del ansioso, del que también provoca ingerir mates y cafés en exceso.
Devorar chocolates, manzanas, ñoquis, titas, galletitas de sésamo, caramelos masticables. A toda hora y en todo lugar, como una especie de antídoto para que no te desarmen por completo, para mantenerse un poco más "fuertes". Y además, como son astutos, saben que en invierno la tendencia es comer más, moverse menos. Y la hinchazón provoca un malestar que sube a la cabeza, y se encuentra ahí con su propio germen. La solución aún es incierta.
Sigue el círculo nomás.
(Por ahora el buen ánimo viene dominando)
miércoles, 11 de abril de 2007
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